Rakan ''el encantador''

 

NADA RIMA CON TUBARCO

—Existen dos caminos que llevan al monasterio desde los pueblos que hay bajo él —comienza a decir Xayah.

Sigo su mirada y veo un par de escaleras doradas que se extienden desde el templo de la montaña hasta los caseríos de abajo. Probablemente viva una familia en cada casa de madera. En ese lugar, los mortales nacen, mueren y, lo que es más importante, crean nuevas canciones.

Probablemente con arpas y tambores. Quizás también con flautas. Debería hacer una flauta con juncos luego. Primero tengo que airear mi capa. ¿Seguro que no me he olvidado de limpiarme las plumas? Debe de haber una posada en el pueblo de abajo. Me vendría genial una botella de vino ahora mismo.



—Rakan... —dice Xayah.

Mierda. Me estaba contando el plan. Vuelvo a prestar atención a su cara, a la mueca de su sonrisa. Los últimos rayos del atardecer se reflejan en sus ojos. Me encantan sus pestañas. Quiero...

—Repíteme lo que te he dicho.

Algo del monasterio. Estaba diciendo... eh...

—Me encontraré contigo en... —digo, pero ya he perdido el hilo. Me arranco una de las plumas de la cabeza, con la esperanza de que me surja una idea así.

Un pequeño brillo se refleja en su precioso labio inferior. ¿Tiene los labios de color púrpura hoy? Ayer eran de color violeta.

—Me van a matar si me pillan —dice.

Tan solo la idea de que así sea me corta la respiración. Siento que mi cara se arruga en un gruñido.

—¡¿Quién?! —le pregunto.

—Los guardias —responde—. Como siempre.

—¡Entonces los distraeré! ¿Cuándo?

—Fíjate en el destello verde antes de que el sol se ponga —responde ella señalando el cielo—. Después, mantén a los guardias alejados de las murallas occidentales mientras yo corro por los terraplenes hasta las celdas.

—Empezaré mi actuación en cuanto se ponga el sol —digo—. ¿Dónde nos encontramos?

—En la puerta. Lanzaré una daga dorada al cielo, Pero tendrás que llegar allí en diez respiraciones —dice Xayah, arrancándome una pluma de la capa.

—Estaré en la puerta en cuanto lances la daga —respondo—. No hay nada que tenga más claro en esta vida.

—Lo sé.

Ella asiente con la cabeza y comienza a explicarme cuál es el camino más seguro. Ella lo planea todo, por eso sé que estará a salvo. Vaya, qué bonito está el cielo ahora mismo. Esa nube tiene forma de berenjena. Una vez vi una con forma de perro...




No me gustan estos escalones. No me gustan nada. El baño dorado que cubre la piedra es casi del mismo color que mis alas. Qué rabia me da. Se me ocurre que puedo cambiar su tonalidad, pero para ello tendría que emplear magia. Maldita sea... No puedo estar cansado cuando ella me necesite. Si Xayah me ha mando por este camino es porque sabía que mi plumaje se camuflaría aquí. Una capa de color rojo quedaría mejor con estos escalones. El añil también podría quedar bien. ¿Qué hay por aquí?

Más escalones. ¡Solo a los humanos se les ocurriría cortar las piedras en formas planas para hacer que una montaña sea aburrida! Debería escalar por la ladera. Xayah me dijo que fuese por las escaleras... Estoy bastante seguro de eso.

Cojo algunos guijarros y empiezo a hacer malabares con ellos. Escucho la magia al norte, entre las raíces retorcidas del bosque Lhradi.

La música del bosque consigue llegar a mi cabeza y comienzo a cantar.

—¿Qué ha sido eso? —dice una voz que viene de arriba.

¡Una entrada! Aparece un guardia humano. Su ropa es tan oscura como una sombra.

—¿Quién eres? —me pregunta.

—¡Soy Rakan! —respondo. ¿Cómo puede haber alguien que no sepa quién soy?



—¿Quién?

No me gusta este tipo. Lo odio más que a los escalones.

—¡Soy Rakan! El bailarín de batalla de la tribu Lhotlan. Soy la canción de la mañana. Soy la danza de la luna de medianoche. Soy el encanto que...

—¿Eres ese artista vastaya? —me interrumpe otro guardia. Este también lleva ropa aburrida (prendas que no había visto antes en esta zona).

El primer guardia lleva un amuleto dorado brillante en el pecho. Se lo quito.

—¡Oye!

—¿Qué es esto? —le pregunto. No se merece llevar esto. Sea lo que sea esto.

Intenta quitármelo, pero juego con el amuleto en mi mano al mismo tiempo que sigo haciendo malabares con los guijarros con la otra.

—¡Devuélvemelo!

Le lanzo las piedras a la cara.

—No —respondo. Después, con tanta inocencia como puedo, le pregunto si es un objeto importante.

El hombre desenfunda un par de sables gancho. Le arrebato uno antes de que pueda levantarlos.

—Ábreme la puerta y te doy esta cosa... brillante —le ofrezco al mismo tiempo que giro su amuleto en la palma de mi mano y lo hago rodar a lo largo de mi brazo.

En lugar de hacerme caso, ¡el muy bruto se abalanza sobre mí! Esquivo su ataque y aterrizo detrás de él. Se da la vuelta para intentar atacarme de nuevo. Me agacho para esquivar su sable y uso mi trasero para empujarlo y hacer que pierda el equilibrio. Se cae por las escaleras gritando.

El otro guardia observa cómo su amigo rueda hacia abajo y, luego, me mira. Le hago un gesto de negación con la cabeza.

—En serio, ¿cómo puede ser que alguien no me conozca?

Este intenta apuñalarme con su lanza. Lo esquivo hacia delante, con un movimiento que hace que mi capa lo envuelva por un instante. Cegado, se tambalea y se le enredan las piernas. Se cae sobre su escudo y rueda escaleras abajo haciendo un ruido metálico contra los escalones. Hasta que se choca con su amigo en el primer rellano.

El impacto provoca que los dos se queden despatarrados. Me río. Ahora entiendo la gracia de los escalones.

—Bailáis muy mal —digo mientras me sacudo el polvo de la capa.

Ellos se ponen en pie y me lanzan una mirada asesina.

—¿Estáis bien? —les pregunto, agradecido por el momento de diversión.

Los dos hombres gritan al mismo tiempo que se apresuran escalera arriba. Malditos desagradecidos.

—¿Queréis saber la diferencia entre una fiesta y una pelea? —les digo mientras doy un salto para esquivarlos.

Intentan darme con sus armas una y otra vez.

—Una fiesta es un día entretenido —digo, empujándolos de nuevo por las escaleras—. Una pelea es... más corta.

Un gong ensordecedor suena detrás de mí. Sonrío. Comienza la diversión.



—¡Aún tenéis que mejorar mucho! —grito, para provocar a los hombres que me persiguen mientras corro. Esta vez, tengo que salir de aquí. Ahora hay veinte guardas. Bueno... Quizá treinta. Hay muchísimos.

Correr por sus dormitorios ha sido una mala idea. Aun así, gracias a eso he podido refrescarme un poco.

Algunos de los hombres tienen unas ballestas extrañas. Echan fuego por un tubo. Tienen un nombre, pero yo los voy a llamar tubarcos. En mi camino hacia la salida de la habitación, sus disparos revientan a mi alrededor y hacen agujeros en las paredes.

Me deslizo hasta el patio, dando un giro completo para darle más clase. La puerta está abierta. Podría correr hacia ella, pero Xayah me necesita.

Escondido en una esquina, un guardia me apunta con un tubarco largo. ¿O quizás sería mejor llamarlo arcotubo? Aprieta el gatillo. Salto hacia él, dejando su disparo debajo de mí.

—¿Qué rima con tubarco? —pregunto en voz alta.

Lanzo al guardia por los aires de una patada. Cuando cae, me giro y le presento mi mano a su mejilla. El sonido es más fuerte que el de su arma.

—Vaya, ¡qué bofetada! —digo, simulando su intensidad con mis gestos. El humano se levanta y saca una espada corta—. ¿Cómo puede ser que no pilles el mensaje?

Me pregunto si podré encontrar una cocina. Ahí es donde suele estar el chocolate.

La luz del cielo está empezando a cambiar. Doy un mortal atrás para comprobar la posición del sol de nuevo. Está desapareciendo por detrás de las colinas y un orbe de luz verde se refleja sobre él.

—¡Es la hora de la fiesta! —grito. Ahora todo el castillo me está persiguiendo.

—¡Entrégate! —grita un guardia con un casco de metal.

—¡No! ¡Te estoy distrayendo! —respondo. Me mira confundido. Después voy a darle una bofetada.



Una lluvia de flechas se inicia en el muro opuesto. Doy vueltas entre ellas, disfrutando del silbido que producen al pasar junto a mí.

¿Me quedaría bien ese casco de metal?


El filo dorado se mantiene durante un segundo en el aire antes de volver a caer. Xayah está preparada para empezar.

Cuento mi primera respiración. Me dijo que tenía diez, pero cuatro son demasiadas. Necesito saber que está bien.

—¿Quieres ver unos pasos molones? —le pregunto al humano que tengo más cerca.

No parece entusiasmado. Ruedo a través del grupo de personas y aparezco detrás de él. Se da la vuelta justo a tiempo para ver mi capa a medio camino. Mis plumas lo hacen girar en el aire como el tapón de una botella. Mi récord está en doce giros, pero eso fue en una colina.

Segunda respiración. El humano cae al suelo tras nueve rotaciones. Maldita sea. No me da tiempo a intentarlo de nuevo.

Tercera respiración. Tengo que conseguir llegar al lugar que me indicó Xayah y reencontrarme con ella.

Subo de un salto a la muralla y luego reboto del tejado hacia la puerta.
Tomo la cuarta respiración en el aire.

Xayah corre hacia la puerta con unos juloahs muy estilosos (ellos tienen pelo en las zonas donde nosotros tenemos plumas de colores). Deben de ser de la tribu Sodjoko. Tienen un aspecto demasiado formal, pero me gusta la cresta gruesa de pelo que tienen por detrás de los antebrazos. Debería intentar que mis plumas quedaran así. El pareo que lleva puesto el más viejo de ellos me parece una decisión terrible.

—Nunca lo conseguiremos —lamenta—. ¡Tienen rifles!

—¿Te refieres a los tubarcos? —le pregunto.

Akunir me mira perplejo.

—No tienen munición —le explico—. Los arcos largos Xini tampoco tienen.

—¡¿Qué?! ¿Cómo?

—Soy Rakan —le explico. Me esperaba esto de los humanos, ¿pero de mi propia especie?

—Todos vosotros, corred por la línea de árboles —dice Xayah.

Una docena de hombres, cubiertos de harina y chocolate, salen corriendo de la caseta de los guardias. Si los mezclásemos con huevos podríamos hacer un bizcocho. Pero a mí me gustan más las tartas...

—¡Corred! —grita Xayah. El juloah más anciano tiene dificultades para moverse, así que tiro de él.


Coll se arrodilla junto al cuerpo de su escolta. Ella y Xayah rezan para que su espíritu encuentre nuestras tierras. Uno de sus cuernos está roto y, a su alrededor, entre las hojas, hay charcos de sangre. Coll le retira la última flecha a su cadáver. Él había conseguido llevarla hasta ahí incluso después de que los humanos lo hiriesen.



Ese juloah no debería haber muerto. Alguien lo amaba. Cantarán sus canciones. Pero la única respuesta será el silencio.

Mis ojos se llenan de lágrimas. Con una voz suave, canto por su pérdida y la de sus familiares.

Xayah está de pie con el puño apretado. No puede desmoronarse ahora. Seguro que esperará a que me duerma (o al menos eso crea) esta noche para dejar que el dolor la inunde. Así es ella. Entonces le daré besos para aliviar su pena.

El cónsul se llama Akunir. Puede que fuera un bailarín de batalla cuando era más joven. Él y Xayah comienzan a discutir sobre política.

Coll besa la frente de su escolta. Su mandíbula está rígida. Está reteniendo una ira aún mayor que la de Xayah. Mira a su marido, Akunir. Ha esperado durante demasiado tiempo a que la escuchara.

—Voy a volver al norte, Akunir —dice Coll al levantarse—. Les voy a contar lo que nos han hecho. —Tiene los brazos rígidos como ramas, apoyados en las caderas.

—Coll, no —protesta Akunir.

—Voy a comunicar el destino de Jurelv a los suyos, y voy a pasar el luto con ellos —prosigue ella. Ese debía de ser el nombre del escolta. Quizás era amable. Me gustan las arrugas de sonreír a los lados de su cara—. Después, reuniré las armas y prepararé a la tribu para luchar.

—¡No puedes hacer eso! —grita el cónsul.

—Renuncio a mis derechos sobre ti. Renuncio a tus derechos sobre mí —dice fríamente.

Akunir la mira como si lo hubieran apuñalado. ¿No lo vio venir al bajar por la ladera? ¿O en el bosque? ¿O junto al escolta muerto? Es algo que ella había decidido hace mucho. Hace muchas lunas.

—Coll... Por favor.

—No —dice ella, sin más. Él se mueve para agarrarla. Yo lo bloqueo.

—Voy a hablar con mi compañera —dice.

Puedo sentir su respiración en mi barbilla. Ha comido fruta de gulú hace poco. Mi nariz casi toca su frente. Me mira fulminantemente.

Me limito a sacudir la cabeza y a encogerme de hombros. No necesito palabras. En estos casos, el silencio es la mejor respuesta.

Los otros dos escoltas están tensos. No quieren bailar conmigo. Soy Rakan. Conocen mi nombre. Miran nerviosos a Xayah, sosteniendo sus espadas. También conocen su nombre.

—Gracias, Xayah —dice Coll, antes de marcharse cojeando.

Akunir y sus escoltas la ven partir. Sin mediar palabra, emprenden su camino al sur y nos dejan solos.

Me acerco a Xayah. Puedo sentir su tristeza por Jurelv, por Coll y por Akunir. Beberé vino esta noche. Después cantaré canciones vulgares.

—Prométeme que no nos pasará algo así a nosotros, mieli— dice.

—Nosotros no somos como ellos, miella. Nunca seremos así —le respondo. Puedo sentir su preocupación. Es más lista que yo en muchos sentidos, pero, a veces, es más ingenua en el amor.

—¿Adónde vamos ahora, Xayah?

—Vamos a quedarnos un rato más aquí.



La rodeo con mis brazos y mi capa. Luego le haré cosquillas. Nos reiremos y beberemos. Ella preparará un plan y yo cantaré. Siento su mejilla en mi pecho. Estoy feliz de que Xayah me necesite ahora.

—Dímelo otra vez —dice.

—No somos como ellos —repito—. No somos como ellos.








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