En Runaterra hay un gran número de campeones valerosos, pero muy pocos son tan tenaces como Poppy. Esta yordle tan obstinada porta un martillo el doble de su tamaño y se ha pasado infinidad de años buscando al ''héroe de Demacia'', un famoso guerrero que, supuestamente, es el legítimo portador de su arma.
Según narra la leyenda, ese héroe es la única persona que puede hacer uso de todo el poder del martillo y usarlo para guiar a Demacia hacia la grandeza. Aunque Poppy ha buscado a ese legendario guerrero por todos los rincones del reino, hasta el momento su búsqueda no ha dado frutos. Cada vez que le daba el martillo a un posible héroe, había resultado un desastre. A menudo, el guerrero en cuestión incluso acababa muerto. Mucha gente hubiese abandonado esa misión hace mucho tiempo, pero eso es porque ninguno posee la garra y la tenacidad de esta indómita heroína.
Antaño, Poppy era una yordle muy distinta. Había estado buscando un propósito en la vida desde que tenía uso de razón. Se sentía ajena a todas esas impredecibles rarezas de las que hacían gala los demás yordles y optaba por buscar la estabilidad y el orden fuera adonde fuera. Fue precisamente esta mentalidad la que la acabó llevando hasta los asentamientos humanos al oeste de Valoran, donde observaba maravillada las caravanas que recorrían la campiña en una hilera interminable. Muchos de los integrantes de dichas caravanas tenían un aspecto harapiento y cansado, pero seguían luchando por encontrar una vida mejor, aun efímera, más allá del horizonte.
Sin embargo, un día pasó por allí una caravana un tanto diferente. A diferencia de los demás viajeros, esta gente parecía avanzar con un propósito en mente. Se levantaban todos a la misma hora por la mañana, al son del cuerno de un vigilante. Comían juntos todos los días, a la misma hora. Ingerían los alimentos en cuestión de minutos. Montaban y desmontaban los campamentos con una eficacia impresionante.
Los yordles usaban su magia innata para crear cosas extraordinarias, pero estos humanos lograban hazañas igual de impresionantes haciendo uso únicamente de la coordinación y la disciplina. Actuaban todos al mismo ritmo, como si fuesen los engranajes de una gran maquinaria. Se convertían en un ser mucho más grande y fuerte de lo que cualquier persona hubiese podido ser por sí sola. Para Poppy, aquello era mucho más maravilloso que toda la magia del mundo.
Poppy estaba observando aquel campamento desde la seguridad de su escondite cuando percibió el brillo de una armadura que salía de una tienda. Era el oficial al mando de aquel grupo. Portaba una brigantina de brillantes placas de acero que se superponían unas sobre otras, formando parte integral de un todo. Aquel hombre se llamaba Orlon y su presencia parecía animar a todas las almas allí presentes. Si alguien se venía abajo, él estaba allí para recordarle por qué seguían avanzando. Si alguien se desmayaba por el cansancio, él lo inspiraba para levantarse. A Poppy le recordaba a ciertos amuletos yordle, pero a diferencia de ellos, aquí no obraba la magia.
Poppy se acercó sigilosamente para analizar la escena más de cerca. Sin darse cuenta, acabó siguiendo a aquel comandante brillante, como si fuese el propio destino el que la empujaba a hacerlo. Observó cómo Orlon daba órdenes a sus soldados en los ejercicios de entrenamiento. No era un hombre muy corpulento, pero era capaz de asir el martillo de combate con una sorprendente celeridad. Por la noche, Poppy escuchaba atentamente sus debates con los ancianos del campamento. Oyó cómo hacían planes para ir un paso más allá y crear un asentamiento permanente en el oeste.
La mente de Poppy estaba llena de preguntas. ¿Hacia dónde se dirigía Orlon? ¿De dónde venía? ¿Cómo había conseguido reunir a aquel meticuloso grupo de viajeros? ¿Habría sitio para una yordle en dicho grupo? En ese momento, tomó la decisión más importante de toda su vida: Se mostraría por primera vez ante un humano, puesto que aquella era la primera vez que sentía que había conectado con uno.
La presentación fue complicada, ya que Orlon también tenía un gran número de preguntas que hacerle a Poppy. Eso sí, no tardaron en hacerse inseparables. Él se convirtió en una especie de mentor para Poppy; y ella, una devota de la causa de Orlon. En el campo de entrenamiento, Poppy era una compañera ideal al ser el único miembro del batallón de Orlon que no tenía miedo de golpearlo. Nunca era servil, ya que cuestionaba todas las decisiones con una inocencia casi infantil, como si no supiese que su deber era cumplir sumisamente todas las órdenes. Un día, lo acompañó al lugar donde se llevaría a cabo el nuevo asentamiento: una nueva y ambiciosa nación llamada Demacia, en la que todos serían bienvenidos, independientemente de su pasado, siempre y cuando aportasen al bien común.
Orlon se convirtió en una figura muy querida por todo el reino. Aunque pocos lo habían visto blandir su martillo, siempre lo llevaba a la espalda, por lo que el arma no tardó en convertirse en un icono reverenciado por la joven nación. La gente rumoreaba que tenía el poder para destrozar montañas y abrir la mismísima tierra.
Orlon le entregó el martillo a Poppy en su lecho de muerte. Con él, le entregaba su esperanza de haber creado un reino que perdurara en el tiempo. Fue entonces cuando Orlon le contó la historia de la creación de su arma; le reveló que él nunca había sido el auténtico destinatario de la misma. Le contó a Poppy que el martillo tenía que ser entregado al héroe de Demacia, aquel que podría mantener a Demacia unida. Cuando su amigo exhaló su último aliento, Poppy le juró que encontraría a dicho héroe y le haría entrega del arma.
Pero lo que a Poppy le sobra en determinación, le falta en orgullo. Por eso nunca se le pasó por la cabeza que ella pudiese ser la heroína que le describía Orlon.

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